9 de diciembre de 2013

Unos Malditos Ingratos

 
Al Rod Jean - Dos relatos y otros tantos
 


UNOS MALDITOS INGRATOS

Cuando vi que se encendía la luz de arriba ya imaginé que era el jefe. ¿Quién iba a ser si no? Y puede que suene un poco extraño pero, como me pasa siempre, no pude evitar sentir una ligera punzada. Yo es sentir su presencia y ya me echo a temblar. Le pasará a todo el mundo, digo yo. El jefe es el jefe. Aquí y en todos lados. Y no es que tenga mal genio, ¡qué va! No me parece a mí que sea eso exactamente. Es bueno por naturaleza. Pero, a ver, carácter sí que tiene. Impone un poco. Y es normal. Todo el día con sus cosas, de aquí para allá. Que siempre tiene que estar en todas partes y pendiente de todo. Y después todo el mundo pidiéndole cosas también. Una locura. Y mucha responsabilidad, supongo. El caso es que yo, con la agitación de verlo llegar, no pude evitar que se me cayeran un par de hojas al suelo. Que me pongo un poco tenso, vamos. Me pasa siempre. Siempre que se pasa por aquí, ya me entiendes. Y no es que sean muchas veces, la verdad. De hecho, hacía tanto que no venía que lo encontré distinto. Como cansado. Apagado es la palabra.
-¡Dios, qué mal aspecto tiene! ¿Ha pasado algo?
Se lo pregunté con sincera preocupación. Como quién se lo pregunta a un amigo. Que no es que lo seamos. En absoluto. Uno no se hace amigo del jefe. No es normal. No se está al mismo nivel. Pero hombre, ya después de tanto tiempo… se le coge no voy a decir cariño porque no es eso exactamente. Le llamaría más bien afectuoso respeto. Porque yo le agradezco que me haya colocado aquí. Fijo como estoy. Con las que están cayendo últimamente... pero la gente no es igual de agradecida. Y eso que todo esto se lo debemos a él. Porque el tinglado este es cosa suya. Que así donde lo ves, con todo el trabajo que hay, hay que darle las gracias a él de todo. Que fue un empeño suyo. Y lo levantó él solito. Sin ayuda de nadie. Y de eso ¿quién se acuerda? Unos desagradecidos, es lo que yo digo. Y al principio –cuentan- le había ido muy bien con la gente, no creas, pero poco a poco se le fue yendo todo al garete. Claro que al principio eran cuatro gatos y ahora esto está sobredimensionado. O eso me parece. Cuando llegué yo hace ya muchos años estaba mal, pero no tanto como ahora. Ahora está la cosa que qué te voy a contar. A la gresca todo el día unos con otros.
-Pues mira, que estoy harto de todo. Y de todos. No te lo tomes a mal. No va por ti. Con vosotros da gusto.-  Me respondió con su voz profunda y un poco autoritaria.
-Ya, imagino. Esto se veía venir. Está todo muy revuelto últimamente. La gente está como desquiciada. Todo el día peleándose. Yo no sé adónde vamos a ir a parar.
-Y que lo digas. Estoy hasta las narices… mira, yo ya tengo una edad y no estoy para estas cosas. Al principio aún iba aguantando. Pero, Uf, ahora qué quieres que te diga. Uno adquiere unos compromisos y tiene el prurito de continuar con la empresa que inició. Que da rabia tener que dar el brazo a torcer, ya me entiendes… pero es que con esta gente no se puede.
Me dio muchísima lástima oírle hablar así. La verdad es que no me gusta nada verlo de esta manera. Así tan alicaído –Ya comenté que siento cierto afecto por él-. Sin embargo, debo admitir que tenía motivos de sobra para estar como estaba. Y yo no supe muy bien qué decirle. Por un momento estuve a punto de responderle que me parecía algo consustancial a la naturaleza humana. Pero me visualicé diciéndolo y, no sé, me sentí como un poco ridículo. Así que preferí dejarlo hablar a él.
-Yo ya no sé si es culpa mía.
-No es culpa suya.- Me apresuré a cortarle.
-Imagino que será algo consustancial a la naturaleza humana. Que haya estos conflictos. Que vale, sé que debería estar ya acostumbrado. Pero que conste que no lo entiendo. Deberían darse cuenta de que con esa actitud no se va a ninguna parte. Pero, qué va. Imposible. No hay manera con ellos.
No podía dejar de asentir en todo momento. Porque, sinceramente, tenía toda la razón. Era cierto que todas aquellas estúpidas peleas no tenían ningún sentido. Se había entrado en un círculo vicioso. Aunque en realidad no era algo nuevo. Venía de lejos.
-El problema es que no es sólo eso. Es que además no dan una a derechas. Y a mí me es imposible estar encima de la gente diciéndole cómo hay que hacer las cosas. Que no hagas esto. Hazlo así. Esto está mal. No se les puede dejar solos ni un momento. Qué va, entenderás que a mí me es materialmente imposible. Y estas cosas en cuanto las delegas en una persona estás perdido.
-¿Pero con este hombre nuevo no ha mejorado nada? Parece mejor que el otro que se jubiló.- Me atreví a preguntar.
-Si hombre, éste está hecho de otra pasta. Y pone más empeño. ¿Sabes lo que creo? Yo creo que es un problema de concepto. De comunicación. Que no fluye en realidad. Y con un  argentino… ya te puedes imaginar. Tú tratas de explicarles las cosas y te parece que las entienden. Pero, cuando te das cuenta, lo que han transmitido al personal no tiene nada que ver. En fin, supongo que no les queda más remedio para atemorizar a la gente, hacerse respetar y tenerlos controlados. Pero, vamos, que ya no sé si todos ellos no estarían más guapos callados.
Volví a asentir. Estaba claro que sabía perfectamente de lo que hablaba. Y también que hoy venía con ganas de hacerlo. De hablar, ya me entiendes.
-Pero, joder –y perdona el lenguaje-, es que hacen quedar a uno como un verdadero idiota. Que después la gente acaba pensando que en realidad son manías mías pero ¿Qué me importarán a mí esas estupideces que se sacan de la manga? Si es que son idiotas. Como el lío que se montó con lo de las gomas, por ejemplo. Bueno, eso no tiene nada que ver contigo. Pero, vamos, que son tonterías que me traen absolutamente sin cuidado. En esto sí, creo que el nuevo es un poco más espabilado pero, qué va, en general ya te digo: un problema de concepto.
-Entiendo lo que quiere decir.
-Te voy a confesar una cosa. Que te preguntarás por qué te lo cuento a ti. Y no te creas, también yo me lo pregunto. Supongo que hay confianza. En fin, la cuestión es que he decidido mandar todo a la mierda y desmontar el tenderete. Que ya son muchos años con esto. Me daría mucha pena ver como todo este esfuerzo me lo echan por tierra estos ingratos. Así que no voy a quedarme de brazos cruzados. Empezar de cero no es una opción. Me retiro. Han conseguido que por fin tenga ganas de jubilarme. Y si piensan que esto va a seguir funcionando están muy equivocados. Yo lo monté y yo lo desmonto. Estaría bueno.
Dentro de mi cabeza las palabras que estaba oyendo tardaron unos instantes en cobrar toda su verdadera dimensión y cuando lo hicieron se apareció un abismo ante mí. Y, es cierto, debería haber pensado en todo el mundo porque aquello no sólo me afectaba a mí. Nos afectaba a todos. Pero en estos casos, supongo, no se puede evitar ser un poco egoísta. Se piensa sólo en uno mismo. No me anduve por las ramas:
-Vamos, no me joda. No puede usted hacer eso. ¿Qué va a ser de mí?
-Bien que lo siento por ti  y por muchos otros que no tenéis  la culpa de nada pero, mira, yo estoy cansado. Muy cansado ya de todo. Completamente harto.
Me quedé helado al darme cuenta de que estaba hablando en serio. Quedé bloqueado. Completamente estupefacto. Y noté que de su boca brotaba su ronca voz pero yo no llegué a procesar el mensaje. Sólo cuando sentí que arriba se apagaba la luz comprendí que se había despedido de mi. Intenté odiarlo con todas mis fuerzas pero no fui capaz. No me salía. Le debía demasiado. Sentía un afectuoso respeto por él. Y seguiría sintiéndolo a pesar de todo. Me invadió sin embargo un sentimiento de odio visceral. Pero no hacia él. Hacia aquellos malditos ingratos que con su estupidez habían mandado todo a la mierda. Me quedé allí solo. En mi sitio. El de siempre. Estático. Con la mente perdida en lo que se me venía encima. Y aunque – me di cuenta entonces-  se me habían caído todas las hojas al suelo, la verdad es que supe que ya no importaba lo más mínimo.

ES PROBABLE QUE NO TE HAYA GUSTADO DEMASIADO ESTE RELATO. EN ESTE ENLACE TIENES ACCESO A OTRO COMPLETAMENTE DISTINTO. CON MUCHOS MUERTOS ADEMÁS.

2 de diciembre de 2013

La Paloma Supermana



 

Jana Older. -El hombre lobo de Pino Montano y otros Superheroes de barrio

 

LA PALOMA SUPERMANA
Una chocante introducción
El hombre del tiempo sin duda había acertado cuando pronosticó que aquella mañana de finales de noviembre correría una brisa desagradablemente gélida en la ciudad de Vigo. Sin embargo, no fue ningún fenómeno meteorológico lo que acabó por helar la sangre al Teniente de Policía Demetrio Sisgardo. Tampoco lo fue el hecho de presenciar la escena en la que Dña. Paloma Arrigorrieta –Cajera de supermercado en paro, cuarenta y cinco años de edad, ochenta y siete kilos y medio de peso- contra quién pesaba una orden judicial de desahucio, perdía los nervios en el portal de su casa y después de un tenso forcejeo con la agente de Policía Covadonga Gálvez, se abalanzaba sobre ella mordiéndole un moflete y acto seguido la derribaba de un golpe seco como si se tratase de un vulgar saco de arena. El teniente no llegó a impresionarse demasiado ni siquiera cuando, después de levantarse del suelo ambas mujeres, le pareció distinguir que aquella histérica señora sostenía en sus manos un objeto que, desde donde él estaba, parecía sospechosamente una Heckler & Koch USP reglamentaria. El fenómeno que de manera concreta y definitiva acabó, esta vez sí, dejándolo patidifuso fue contemplar como la bala que inesperadamente escupió aquel revólver, después de rebotar en el marco del portal, se llevaba por delante el lóbulo de la oreja izquierda de la agente de Policía y cruzaba sibilante la calle pasando a un palmo de sus narices. El ensangrentado proyectil, que estalló los parabrisas de todos los automóviles que se interpusieron en su camino, acabó por incrustarse estrepitosamente en la enorme luna blindada de la sucursal del Banco Santander ubicado frente al número 163 de la calle Sanjurjo Badía.
Un rápido esbozo de los personajes
El tenso silencio que se produjo inmediatamente después de aquel episodio abrió un paréntesis de unos pocos segundos durante el cual las cabezas de cada uno de los presentes repasaron a su manera el acontecimiento intentando encontrarle algún sentido:
  • Paloma Arrigorrieta se miró las manos con ojos desorbitados mientras asimilaba torpemente que el ruido que acaba de reventarle los tímpanos y el humo que salía de aquel negro artefacto que colgaba de su dedo índice eran resultado de la misma acción. No recordaba exactamente como había llegado a su poder aquella pistola, ni por qué se había disparado, pero algo le decía que la refriega que había mantenido con la malencarada agente de policía podía tener algún tipo de relación. Aprovechando la confusión del momento arrojó el arma al suelo, se introdujo en el portal, cerró la puerta y corrió escaleras arriba a encerrarse en el piso que el Banco le reclamaba.
  •  
  • Amalia Becker, al frente del pequeño grupo de activistas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, intentaba recordar una a una las palabras exactas del mensaje claro, rotundo e inequívoco que creía haber transmitido a la afectada por si se había equivocado en algo: “Nuestra estrategia siempre será resistir de forma ACTIVA pero PACIFICA”. Repitió mentalmente aquellas dos palabras clave una y otra vez como si con ello fuera a conseguir borrar de su mente lo sucedido. No le cabía duda de que ella lo había explicado bien. Mientras pensaba esto hizo un rápido recuento en el que comprobó con alivio que el disparo no se había cobrado ninguna víctima entre la nutrida peña de manifestantes que había conseguido convocar delante del edificio para evitar el desahucio.
  •  
  • Ismael Serrano, Secretario Judicial encargado de ejecutar la orden, se levantó del suelo todavía aturdido y se sacudió con las manos el polvo del traje oscuro que con cariño le había elegido su mujer aquella mañana. Después, mientras recogía y ordenaba los papeles que en el tumulto habían volado esparciéndose desordenadamente por el suelo, se planteó mentalmente tres cuestiones para las que no encontró respuesta adecuada:
  1. ¿Por qué demonios se le había ocurrido entrometerse en aquel rifirrafe entre la imprudente agente de policía y la vecina esquizofrénica?
  2. ¿Por qué demonios no se había presentado todavía el maldito procurador de la entidad bancaria si tanto interés tenía en recuperar el piso?
  3. ¿Por qué demonios le había hecho caso a su padre y había sacrificado cinco años de su vida preparando aquellas oposiciones a la Administración de Justicia?
  • La agente Covadonga, con la rodilla en el suelo y un intenso calor en la mejilla, intentaba atajar con la mano la hemorragia de su oreja izquierda. Se levantó y comprobó con amargura que la vergüenza de haber visto como le arrebataban su arma reglamentaria y el dolor físico que sufría por la pérdida del pequeño trozo de apéndice auditivo no eran lo peor de la situación. Todo aquello no era más que una tontería sin importancia si se comparaba con el desconsuelo de saber que con el trozo de cartílago mutilado había volado también uno de los valiosos pendientes de oro y brillantes que le había regalado su marido la mismísima víspera. La mitad de su valioso regalo de aniversario se había ido a freír espárragos de un balazo a las primeras de cambio. Miró hacia su agresora con odio y vio como ésta arrojaba su Heckler & Koch USP al suelo antes de escabullirse cobardemente escaleras arriba para encerrarse en su piso.
  •  
  • Por su parte, El teniente Demetrio Sisgardo, ya con el rostro desencajado y bizqueando de manera ostensible, miró hacia todos los lados para hacerse una idea de cuál era la dimensión del asunto que tenía entre manos. No le gustó nada lo que percibió. Consciente de que sobre sus hombros iba a descansar a partir de aquel momento la responsabilidad de que nadie leyese la palaba “Muertos” en las portadas de los periódicos del día siguiente, emitió un profundo respingo, se llevó las manos a la pistolera y gritó: “¡TODO EL MUNDO AL SUELO!”.

Una absurda trama paralela

¡TODO EL MUNDO AL SUELO! ¡ESTO ES UN ATRACO! Había vociferado también Héctor Marlengo, “El Pili” para los amigos, apuntando nervioso con su pistola hacia el techo de la sucursal sólo dos minutos antes de verse sobresaltado por una sorda detonación en la calle y el inmediato estruendo de una bala incrustándose en la luna de la oficina. Los pocos empleados y clientes del Banco de Santander que hasta ese momento habían conseguido mantener cierta calma la perdieron de manera súbita. Como también la perdió Avelino Rickenback, procurador de Banca que sólo había entrado a saludar al director de la sucursal aprovechando que pocos minutos después tendría que participar en la ejecución de un desahucio justo en el edificio de enfrente. Sin comerlo ni beberlo se había visto con una pistola en la sien pero, conociendo bien el barrio de Teis, había supuesto que no se trataría más que de un simple ratero con un arma de juguete. El atraco seguiría el curso reglamentario: aquel perroflauta se haría con un par de fajos de billetes de la caja, cuatro o cinco billeteras y un par de relojes sin mucho valor de los clientes que yacían aterrorizados en el suelo y después huiría sin hacer daño a nadie. El pan nuestro de cada día. Sin embargo, El estrépito que produjo el impacto de bala sobre el ventanal modificó por completo el escenario que había construido mentalmente. El arma era de verdad y el atracador tenía compinches en el exterior. Pero, ¿Por qué habían  disparado los de afuera? ¿Es que se habían vuelto locos? ¿O es que alguien había intentado huir y se lo habían cargado de un tiro? Tenía que haber sido eso. Después recordó el asunto que lo había llevado allí y se dio cuenta de que como era habitual el Secretario Judicial acudiría acompañado de una pareja de policías. O sea que pronto llegarían las fuerzas del orden. Si es que no lo habían hecho ya. Se aferró con fuerza a este último pensamiento para olvidar el frío metal que sentía en su sien y consiguió relajarse un poco.

Quién no se había relajado en absoluto era El Pili que, además de ser consciente de que estaba absolutamente solo en aquello, acababa de echar un ojo hacia el exterior entre las cortinillas y había distinguido a la perfección los uniformes de la Policía. Se arrojó bruscamente al suelo de un salto arrastrando con él al procurador. ¿Cómo era posible que se hubiesen enterado tan rápido los maderos? No habían pasado ni dos minutos. ¿Y, además, por qué coño  habían disparado? ¿Es que se habían vuelto locos? No tenía mucha experiencia en este tipo situaciones pero le pareció que la actuación policial estaba saliéndose un poco de madre. ¡Qué nadie  mueva un pelo! ¿Entendido? ¡O aprieto el gatillo! Gritó mientras se arrastraba como podía hacia detrás de una mesa. Pero el grito era innecesario puesto que todo el mundo había presentido ya que el tema de los gatillos iba a estar un poco distendido aquella mañana. Por la cuenta que les traía, desde luego, allí no iba a mover un pelo absolutamente nadie. El Pili, desde el suelo, intentó atar cabos. Llevaba más o menos media hora dentro de la oficina. Había fingido que aguardaba su turno sentado en una butaca mientras leía una revista a la espera de que la oficina se despejara de gente. Durante ese tiempo había meditado mucho sobre como iba a actuar y le había servido para darse cuenta de que no había traído una miserable bolsa donde cargar el botín. Por lo demás, todo había parecido ir bien. Entonces había entrado aquel idiota con el sobre acolchado y sospechó que podría haber mucha pasta en juego. Fue entonces cuando puso en marcha el procedimiento reglamentario: además de aquel sobre, se haría con un par de fajos de billetes de la caja, cuatro o cinco billeteras y un par de relojes sin mucho valor de los clientes que yacían aterrorizados en el suelo y después huiría sin hacer daño a nadie. El pan nuestro de cada día. Entonces, ¿Qué es lo que había salido mal? Acaso algún cajero había sospechado algo y había  avisado a la policía. O lo había hecho alguno de los clientes que habían dejado la oficina antes de dar el golpe.  Pero cómo podían haber conocido sus intenciones. Era la tercera vez aquel mes que atracaba la misma oficina pero con aquel enorme bigote era impensable que alguien hubiera podido reconocerlo. Y además era imposible que nadie hubiese visto la pistola que iba perfectamente oculta en el interior de su chaqueta. No tenía ningún sentido nada de lo que había ocurrido. Pero si había un hecho que no admitía discusión era que la Policía estaba fuera, que estaba armada y que no tendrían reparos en volver a disparar a dar si les ofrecía la más mínima oportunidad. Así que echando mano a su bolsillo y haciendo cuentas con el tacto sacó seis balas que introdujo con torpeza en la recámara de su revólver. Nunca había pensado que llegaría el día en que tendría que usarlas pero después del frío análisis de la situación que acababa de hacer tuvo que admitir que en esta ocasión era absolutamente necesario estar preparado para cualquier tipo de contingencia. Por fin había llegado la hora de hacer honor a su mote.

Un par de acciones al borde del desenlace

Desde detrás del visillo de la ventana de la cocina Paloma Arrigorrieta pudo comprobar con estupor el significado exacto de la frase “la he liado parda”. “Nuestra estrategia siempre será resistir de forma ACTIVA pero PACIFICA”. Tenía narices. Había tenido la intención de que fuera así, pero en el momento en que aquella hosca agente de policía le había ordenado que entregase las llaves del piso, había perdido completamente los nervios. En fin, a lo hecho pecho. La cuestión era: ¿Ahora qué? ¿Cómo podría salir de aquella? No tenía mucho tiempo para pensar, pero estaba claro que algo debía hacer. La situación era límite: Había arrebatado el arma a una agente de la ley y había disparado contra ella. Aunque lo merecía, no creía que la hubiera matado pero, aún así, era bastante evidente que el desahucio había pasado a ser un problema de segundo orden. Además –concluyó con bastante acierto- en cualquier caso ahora tenía la garantía de que podría dormir bajo techo durante los próximos cuatro años y un día como mínimo. Así que dando un par de vueltas a todas las posibilidades que se le ofrecían recordó aquellos otros dramáticos casos. Casos de gente desesperada que se había arrojado desde sus pisos en un acto de autoinmolación y protesta contra la injusta política económica, judicial y bancaria de este puñetero país. Lo vio claro. No entraba en sus planes quitarse la vida. No era ese su estilo. Sin embargo, quizás si se subía al balcón y fingía que pretendía arrojarse a la vía pública sería más fácil demostrar el enajenamiento mental que debería alegar en su defensa en un futuro no muy lejano. Tendría que parecer una mujer completamente perturbada, y de esa manera, si lo hacía bien, si creían que realmente tenía la intención de saltar, sería mucho más fácil que cualquier juez considerase su trastornado estado emocional de aquella mañana como un atenuante. Era cierto, pensó, que viviendo en un primer piso no se podía estar absolutamente seguro que la caída fuese mortal de necesidad pero como la situación no llegaría a producirse tampoco le dio muchas más vueltas. Abrió la puerta del balcón, se asió fuertemente con una mano a la canaleta y, con ayuda de una banqueta, se puso de pie sobre la barandilla del balcón. Abajo el teniente Demetrio Sisgardo mantenía con su pistola en lo alto a todo el mundo tirado en el suelo.

El Pili, dentro de la sucursal y sin dejar de encañonar en ningún momento a Avelino Rickenback, llegó a la conclusión de que debería ser él quien tomase la iniciativa. No podía dar tiempo a la policía para planificar una acción de rescate en la que el último y único perjudicado sería él. Tenía que jugársela a todo o nada. No iba a haber medias tintas aquella mañana: o conseguía escapar (posibilidad que se le antojaba bastante difícil) o pronto le tomarían medidas para un traje de madera. Así que decidió seguir adelante con el atraco. Y ya de morir que fuese por una buena causa. O por un buen pellizco. Echó cuentas del número de personas que había dentro: Dos cajeros, el director, siete clientes y el hombre del sobre al que seguía encañonando. El sobre. Lo había olvidado. Miró a los ojos a Avelino y después al enorme sobre marrón con el logotipo del Banco de Santander y éste entendió. -“No hay nada de valor, sólo son papeles”. Como El Pili arqueaba una ceja se lo entregó. Con unos movimientos de pistola ordenó a Avelino que se tirase al suelo como los demás, y se dirigió a las cajas sin abrirlo todavía. Allí se llevó la primera sorpresa agradable de la mañana: cuatro enormes fajos de billetes de quinientos euros descansaban sobre el mostrador de la segunda caja. Casi le da un infarto. Con aquel dinero no necesitaba nada más. ¿Cuánto sumarían aquellos billetes? Calculó por encima. Cinco por cinco veinticinco y le añadimos tres ceros… joder, unos veinticinco mil pavos por fajo. Cuatro por cinco: veinte, nos llevamos dos; Cuatro por dos: ocho, más las dos que nos llevábamos: diez. Casi se desmaya: ¡Eran cien mil euros! Echó una mirada escudriñadora entre los clientes pero le fue imposible reconocer a ningún político del PP. Miró lo que llevaba en las manos ¿Qué coño habría en el sobre acolchado? Sobre el mismo mostrador lo abrió y comprobó que el procurador no le había engañado. No había más sorpresas agradables. Tan solo eran papeles. Los tiró a la papelera e introdujo de manera ordenada los cuatro fajos de billetes. Volvió a cerrar el sobre. Estaba preparado para dar el paso. Ordenó a todo el mundo que se levantase y se dirigiese a la puerta de salida del banco. Allí explicó lo que debían hacer si no querían recibir un balazo. En cuanto él lo ordenase todo el mundo saldría corriendo en distintas direcciones. De esa manera, en medio de la confusión, él podría tener una opción de escapar.

La agente Covadonga había conseguido finalmente frenar la hemorragia gracias a un aparatoso apósito y unas cuantas nubes de algodón que le hicieron llegar desde la farmacia de la esquina. Su cabeza seguía dando vueltas al asunto del pendiente. Con la borrachera de la noche había dormido con ellos y aquella mañana había olvidado por completo que los llevaba puestos. No había tenido ocasión de comprobar por el extracto bancario la cantidad de dinero invertida por su marido en aquellas joyas. Pero por la cara que había puesto cuando recibió la fea corbata de lunares verdes que le había comprado ella supuso que era una cantidad bastante elevada. ¿Seguiría entero el pendiente? Volvió al lugar donde se había producido el impacto y comprobó como en el suelo permanecían los pequeños charcos de sangre que había manado de su herida. Su arma también seguía descansando en el suelo en el mismo sitio que la había tirado aquella salvaje. La cogió y la devolvió a su cartuchera.  Pero allí no había ni rastro de su zarcillo. Siguió atentamente la trayectoria que había efectuado el proyectil desde donde ella estaba hasta impactar sobre el cristal del banco. Escudriñó cuidadosamente el radio de acción en el que consideró que podría haber caído pero no vio ni la más mínima señal. De repente cuando ya estaba al lado del ventanal de la sucursal lo vio a él: Era negro y caminaba con orgullo. Sin embargo había algo que resultaba un tanto extraño en aquel pichón. De su pico, ensangrentado, sobresalía un pequeño trozo de oreja humana con un precioso pendiente de oro y brillantes.

Por fin, un caótico desenlace

La cronológica sucesión de los dramáticos eventos acaecidos durante cuatro segundos de aquella mañana frente al número 163 de la viguesa calle Sanjurjo Badía podría desgranarse de la siguiente manera:

10:42:33 - Diez horas. Cuarenta y dos minutos. Treinta y tres segundos

– Paloma Arrigorrieta desde el balcón de su casa comienza a anunciar a voz en grito que si no se retiran la policía y el agente judicial y se anula de manera inmediata la orden de desahucio de su piso se arrojará al vacío.

– El Pili da un grito con el que ordena a todos los rehenes que salgan corriendo inmediatamente por la puerta del banco si no quieren recibir un balazo por la espalda.

– La agente Covadonga, agachada, hace sigilosos ademanes de atrapar con sus manos a la paloma justo en el momento en que ésta, asustada por las voces, despliega sus alas y comienza a elevase en el aire.

– La frecuencia acústica del alarido que llega desde el balcón atraviesa la cavidad timpánica del oído derecho del  teniente Demetrio Sisgardo en el mismo momento en que las ondas sonoras del grito de El Pili activan el martillo de su oído izquierdo. Este golpea al yunque y este, inmediatamente, al estribo. El teniente continúa de pie y con su arma apuntando al cielo.

– Ismael Serrano, el Secretario Judicial, tumbado en el suelo y desconcertado por los gritos intenta buscar una explicación en la cara del Teniente. Descubrir que este tiene una cada vez una bizquera más ostensible le produce un enorme desasosiego. Se desmaya.

10:42:34 - Diez horas. Cuarenta y dos minutos. Treinta y cuatro segundos

– La agente Covadonga en un acto reflejo, previendo que si no hace algo perderá para siempre su pendiente, extrae su revólver de la cartuchera y cerrando el ojo derecho apunta durante unas décimas de segundo hacia la trayectoria del vuelo de la paloma, que en un concreto punto intermedio viene a coincidir de manera absolutamente exacta con el balcón del primer piso.

– Paloma Arrigorrieta, subida a la barandilla, interrumpe sus berridos y empieza a no entender nada cuando ve que de la puerta del Banco de Santander salen una docena de personas gritando como poseídas y corriendo cada una de ellas en distintas direcciones.

– Amalia Becker, que con el resto de manifestantes de la PAH permanece todavía en el suelo, observa como la demente policía de la oreja mutilada está apuntando con su arma hacia el balcón donde está su protegida mientras puede leer en sus labios la inequívoca frase: “¡Paloma, hija de la gran puta!”.

– El Pili, cegado por el sol, con el sobre con el dinero debajo de una axila y el revólver en una mano, tropieza con uno de sus asustados rehenes que huye despavorido  y se dirige corriendo de manera aturdida hacia el punto donde se encuentran los manifestantes de la PAH.

10:42:35 - Diez horas. Cuarenta y dos minutos. Treinta y cinco segundos

– Amalia Becker intenta evitar la tragedia abalanzándose sobre la agente Covadonga.

– La agente Covadonga se tambalea y  aprieta el gatillo mientras cae al suelo.

– La Paloma dispara un líquido proyectil con mejor puntería que nadie y escapa volando tranquilamente hacia lo alto de los edificios.

– La bala disparada por la agente rebota en una de las paredes del edificio y se incrusta en la barandilla del balcón justo bajo los pies de Paloma Arrigorrieta.

– El Pili se sobresalta con el disparo y aprieta sin querer el gatillo de su revólver.

– Su bala se incrusta en la luna del Banco de Santander no sin antes haber volado el lóbulo de la oreja derecha de la agente Covadonga.

– Avelino Rickenback escucha los disparos, y cree que son los imaginarios compinches de El Pili. Se desmaya.

– Ismael Serrano, todavía inerte, comienza un agradable sueño en el que se ve vestido con mallas blancas y baila de puntillas música de Strauss sobre un escenario de Paris.

–Paloma Arrigorrieta pierde el equilibrio e inicia una caída al vacío durante la cual, por décimas de segundo, le parece entrever que justo debajo de ella se encuentra alguien que –si  no fuera por el enorme bigote negro- juraría que es el famoso atracador de supermercados Héctor Marlego más conocido como “El Piligroso”. Cierra los ojos.

– El teniente Sisgardo continúa inmóvil con su arma apuntando al cielo. No es fácil decir hacia donde está mirando exactamente. Puede que aquí. Puede que allá.

10:42:36 - Diez horas. Cuarenta y dos minutos. Treinta y seis segundos

–El Pili puede comprobar sobre sus hombros los efectos que produce la ley de la gravedad cuando lo  que cae es un cuerpo de ochenta y siete kilos y medio de peso del sexo femenino. Momentáneamente pierde el sentido.

–Paloma Arrigorrieta abre los ojos y respira aliviada al comprobar que ha caído sobre blando y no se ha producido daño alguno. En el suelo, a su lado, puede distinguir perfectamente su nombre escrito encima de un sobre acolchado del que sobresalen unos papelitos morados. Como es lógico, entiende que si pone su nombre es que es suyo.

– El Teniente Sisgardo con un ojo mirando para Logroño y otro para Lisboa decide poner fin a aquella locura. Acciona el dedo sobre el gatillo y dispara al aire mientras grita por segunda vez aquella mañana: ¡TODO EL MUNDO AL SUELO!

Un breve colofón

Hagan algo por El Pili, que está mucho peor- Contestó Paloma al enfermero que pretendía atenderla. Miró hacia donde hacía breves instantes yacía el desgraciado ratero, pero allí ya no había absolutamente nadie. Doblando la esquina que daba al callejón le pareció ver como desaparecía su sombra. Pero las cosas estaban bien como estaban. Así que, acariciando el sobre que guardaba en el bolsillo, decidió que no tenía mucho sentido decírselo a nadie.

El  procurador Avelino Rickenback, recuperado de su desmayo, se acercó a ella y le explicó que se había extraviado el sobre en donde portaba la providencia por la que el piso pasaba a manos del banco. En cualquier caso, tendría una semana para liquidar la hipoteca con la entidad bancaria o volverían a verse las caras. Le respondió con una sonrisa. No debía preocuparse. El próximo martes se las verían. Tenía pensado ir a arreglar cuentas.

El Teniente Sisgardo fumaba un pitillo sentado sobre el capó de su coche. Tenía los ojos en su sitio. Había sido una dura mañana. Pensó en la pobre agente Covadonga a la que habían tenido que llevar en ambulancia con un ataque de nervios. Y después en el pobre Secretario Judicial que parecía haber perdido el sentido y no paraba de dar saltitos de ballet. La verdad es que las cosas se habían torcido increíblemente y pasarían un par de días hasta que los hechos se aclarasen del todo. Pero él podía estar orgulloso. Se había propuesto algo cuando todo había comenzado. Y lo había conseguido: cero víctimas mortales.

Un epílogo con cierta base científica

Es un principio fuera de toda discusión que la resistencia del aire viene a ser proporcional a la velocidad a la que se mueva el cuerpo que se enfrente a ella. Es decir, cuanto mayor sea la velocidad a la que cae un objeto, más resistencia del aire se encontrará. De esta manera, puestas en juego la fuerza de la gravedad y la fuerza de la resistencia del aire sobre un objeto arrojado en caída libre, llegará un momento en que ambas se igualen y se alcance lo que científicamente se denomina “velocidad límite”; una velocidad constante de caída que para todo cuerpo dependerá, como es lógico, de su masa, su densidad y también, no cabe duda, de su coeficiente aerodinámico. Pongamos el caso de una bala de pocos gramos disparada de manera perfectamente vertical hacia el cielo: Una vez alcanzada su trayectoria ascendente máxima, comenzará a caer llegando a alcanzar una velocidad límite de unos ciento sesenta kilómetros por hora, no mucho más. Si un humano, por desgraciada casualidad, recibiese el impacto de dicha bala no sufriría daños de más entidad que un buen chichón, con brecha y conmoción incluidas, pero difícilmente llegaría a resultarle mortal puesto que en ningún caso le atravesaría los huesos del cráneo. No existe físico ni matemático, por poco experto en balística que sea, que permanezca ajeno a la contrastada realidad de esta teoría que se acaba de explicar.

Quien sí era completamente ajena a estas científicas reflexiones era la hermosa paloma negra que media hora después del incidente sobrevolaba los tejados del barrio de Teis portando un lóbulo de oreja humana en el pico. En aquel mismo instante un pequeño proyectil de plomo que caía a la exacta y constante velocidad límite de ciento sesenta y tres kilómetros por hora impactó súbitamente en su cabeza y la derribó haciéndola aterrizar bruscamente sobre el adoquinado pavimento de un apartado callejón. La desgraciada ave, mortalmente herida pero todavía consciente, dispuso antes de exhalar su último suspiro de unos breves instantes de lucidez durante los cuales pudo observar con claridad el rostro de Héctor Marlengo, más conocido como El Pili, que con mirada codiciosa y cuerpo dolorido calculaba a ojo de buen cubero que por aquel precioso pendiente de oro y brillantes que le había llovido del cielo se podrían sacar, si se contaba con los contactos adecuados, no menos de dos mil pavos.



25 de noviembre de 2013

La secuencia de Moebius

 



 

Jean Roald - "Síndromes y Secuencias"

 
 

LA SECUENCIA DE MOEBIUS

Y por más que se lo suplicó en silencio, él no quiso sonreír. Se limitó a sostenerle la mirada. El rigor del rostro tenuemente difuminado en la penumbra. La mandíbula tensa. Los ojos inyectados. El dedo firme sobre el gatillo. El centelleo de los últimos rayos del atardecer se escurría con dificultad por los tragaluces enrejados de la capilla cuando se oyó una sorda detonación. Una amarga exhalación de pólvora invadió sus ventanas nasales durante un breve instante e inmediatamente se diluyó entre los densos vahos de incienso que inundaban el interior de la iglesia de San Teotonio de Valença.
...
Como ya se tiene comentado en algún otro lugar, el impredecible carácter de los habitantes de las Berlengas es una realidad que se pierde en una nebulosa de siglos inexplorados y que, lejos de responder a insulares circunstancias como la incomunicación o el apartamiento,  encuentra su justificación más apropiada en el mestizaje de las estirpes de pioneros marinos árabes, vikingos y romanos que se fueron asentando sucesivamente en las islas. Los corsarios moriscos así como europeos que la asolaron en tiempos algo más recientes no hicieron sino verter un tanto más de confusión en el pandemónium genético de unos berlengueses que ya, de propia naturaleza, habían resultado históricamente agrestes y cambiantes. La Isla de Saturno, como había tenido el capricho de bautizarla la Roma clásica, era y es un pedazo de tierra fértil y montañosa interpuesta a las nortadas que provoca el anticiclón de las Azores en su camino hacia las costas del norte de Lisboa. Un islote de composición geológica drásticamente diferenciada de la no lejana costa de Peniche, de la cual se ha mantenido durante toda su existencia a la aséptica distancia de seis millas náuticas. Trecho marítimo que no es insalvable en absoluto, pero sí lo suficientemente vasto y encrespado como para haber permitido al archipiélago mantener controlada la afluencia de turistas durante largos años de su historia contemporánea. No fue, de hecho, hasta finales de los años setenta del siglo pasado que, al ritmo marcado por la codicia de otros soleados territorios lusos, sucumbió sin remedio al pútrido encanto del ladrillo y la libra esterlina.
Pocos años antes de que eso sucediera vinieron a la isla y al mundo los mellizos José y Pedro Carboeira. Los vástagos de Nuno Moura, farero de Berlenga Mayor, y de María Carboeira tuvieron por costumbre, podríamos sostener que de manera innata y perenne, el no haber dejado nunca a nadie indiferente. Tales fueron las diferencias que existieron siempre entre ellos que con dificultad se podría argumentar no ya la existencia del vínculo fraternal que biológicamente existía entre ambos, sino meramente refrendar su pertenencia a una misma especie. Son, de hecho, los cinco testigos de aquel doble alumbramiento los únicos seres que se atreverían a jurar ante un tribunal que aquellas dos criaturas procedían de una misma matriz. La sangre sarracena que portaba José, el mayor desde el punto de vista legal, aparte de constituir una evidencia difícilmente refutable era consecuencia directa de la herencia genética recibida por y de su padre, con el que compartía la tez morena, el cabello crespo y terroso, la mirada de miel y una dentadura luminosa y desmedida. El aspecto físico de Pedro respondía, sin embargo, a conexiones atávicas un tanto más fortuitas e impensadas: el pelo rubio desvaído, los ojos de un azul pálido inédito en el cielo de la  isla, el mentón poderoso y unos dientes minúsculos y severamente separados, evocaban memorias ya perdidas en aquellas costas en torno a drakkars normandos sobre el horizonte de la ensenada. Todos recordaban que no había sido necesario el paso de muchas semanas desde su nacimiento para que María, la madre de ambos, advirtiera que algo no era del todo corriente en el segundo de sus hijos. Al principio, cuando todavía atraía demasiado la atención lo septentrional de su fisonomía, no se le dio demasiada importancia a su semblante rígido, demasiado impasible incluso para un lactante. Fue el paso del tiempo quién hizo que, sumados a aquel extraño entumecimiento facial, comenzaran a ponerse de manifiesto otros problemas un tanto más preocupantes en la vida cotidiana del pequeño. Llegado el momento de los primeros sólidos, por ejemplo, produjo profunda inquietud descubrir que Pedro  parecía no disfrutar de la comida. No se trataba de una simple inapetencia de los alimentos en sí, sino que, más bien, era el propio acto de comer, la mecánica de la masticación, lo que parecía resultarle terriblemente afanoso.
Con lógica preocupación de padres primerizos Nuno y María recurrieron a la ayuda médica. Consultado el licenciado D. Manuel Narváez, el más reputado doctor residente en el archipiélago, diagnosticó con un ligero carraspeo desde detrás de su gigantesco habano que no iba a ser fácil descubrir el origen de los extraños síntomas de su paciente. Arrastrado, sin embargo, por una puntillosa curiosidad profesional y tras varios meses de investigación y consultas a especialistas de la capital, acabó por presentarse un buen día en la casa anexa al faro para dar a la familia Carboeira una explicación clínica a la insólita tirantez facial del pequeño. Según aseveraban los informes enviados desde Lisboa, les anunció solemnemente con los pulgares introducidos en los bolsillos de su chaleco dorado, dos importantes nervios del cráneo de Pedro se veían afectados por una dolencia vagamente documentada y con un nombre que nadie supo retener en la memoria. La patología en cuestión resultaba ser extraordinariamente infrecuente y, por desgracia, hasta el momento no se le había encontrado remedio. No debían, trató de tranquilizar el doctor a la familia, angustiarse demasiado por la posible aparición de algún otro tipo de inconvenientes diferentes a los ya manifestados. Aunque, como era lógico,  debería hacerse un seguimiento rutinario de su evolución, no se veía ninguna otra zona neurológica afectada y por tanto, les aseguró, el niño disfrutaría con bastante seguridad de un desarrollo intelectual perfectamente ordinario. Digamos, resumió el doctor, que nadie había visto nunca sonreír a Pedro y nadie podría llegar a verlo jamás, pero por lo demás y de momento, podían estar todo lo alegres que la vida les permitiese estarlo.
De esta manera, si la disparidad en el aspecto físico de los muchachos había resultado extremadamente singular hasta entonces, una vez que se dibujaron los primeros trazos de su personalidad fue cuando comenzó a despuntar la más notable de sus desemejanzas. Pasaron breves años y en la casa se vio compensada la falta de expresividad de su mellizo con la explosiva elocuencia y el carácter insólitamente abierto de José. Una sonrisa perpetua y estridentes carcajadas anunciaban su presencia adonde quiera que fuese. Y allá adonde él iba, si se hacía un pequeño esfuerzo de atención, se podía ver al albino y diminuto Pedro, que callado e inexpresivo se escondía tras su figura. Siempre un tanto apartado y esquivo. A pesar de lo garantizado por el licenciado Narváez, su arisco comportamiento y sus problemas con el lenguaje oral hicieron suponer a todo el mundo un cierto grado de retraso intelectual. Era José el único que alcanzaba a comprender que la inteligencia de Pedro podía considerarse a la altura de la suya propia y que no era más que la constatación de ser distinto a los demás, así como la extraña manera en que pronunciaba las palabras, lo que lo había convertido en un muchacho retraído y algo huidizo. De una manera explicable sólo en este tipo de consanguinidades, José, como si estuviese en poder de la facultad de observar directamente en  la conciencia de su gemelo, nunca había necesitado del lenguaje gestual para comprender en cada momento lo que aquel sentía. No podía explicar con palabras como alcanzaba a saberlo, pero él era completamente feliz porque vivía en la tranquilidad de que Pedro, a su manera, también lo era.
Acababan los pequeños de estrenar la década cuando, un caluroso mes de junio,  se presentó en la isla el Padre Caetán con la determinación de resolver ciertas disputas económicas y morales que mantenía la iglesia con los entonces propietarios del Monasterio de la Misericordia. El majestuoso edificio de piedra, que había sido erigido en la edad media por la Orden de San Jerónimo con el propósito de ofrecer auxilio a la navegación, había sido puesto a la venta por el obispado no hacía muchos años y los actuales dueños, que con visionaria iniciativa regían un restaurante en la misma construcción, habían incumplido, según sostenía con vehemencia el propio Padre Caetán, una serie de cláusulas rígidamente establecidas por la iglesia en el contrato de compra-venta. Tras una delicada primera toma de contacto se pudo comprobar que la cuestión no iba a tener una solución inmediata, por lo que desde el obispado de Leiría se le ordenó buscar acomodo en la isla y no regresar hasta haber dejado el asunto resuelto y los dineros ingresados. De tal manera que, escapando de los banales hoteles levantados a raíz de la incipiente fiebre del turismo, y tras pedir consejo al párroco local, el sacerdote acabó por solicitar a Nuno Moura permiso para alojarse en uno de los pequeños apartamentos –así  los denominó- anexos al faro. La constante modernización de la ingeniería naval, que había permitido la automatización progresiva de las luminarias, había provocado también una radical reducción del personal necesario para mantener su funcionamiento. Como resultado de ello, de los edificios diseñados y construidos a mediados del siglo diecinueve para dar cobijo a los fareros de las Berlengas y sus familias, sólo los Carboeira hacían por entonces uso de uno de ellos. El resto de las viviendas se encontraban deshabitadas desde hacía más de un lustro. Como cabía esperar, el propósito del capellán no halló mayor oposición en la familia. Además de la pequeña cuantía pecuniaria que se había comprometido a aportar el páter como compensación a las molestias que pudiera causar, Nuno consideró, pese a no haber mostrado piadosa inclinación en toda su vida, que la presencia cercana de aquel maduro pero jovial sacerdote haría algo de bien a sus hijos.
Y no se equivocó en que los muchachos, ávidos de compañía a causa de la ausencia de juventud en los alrededores, conectaron de manera inmediata con aquel ocurrente ministro de Dios. La novedad de tener un inquilino forastero desbordó al principio su curiosidad inocente, incluso la del introvertido Pedro. Hay que reconocer, eso sí, cierto mérito en el páter, que siempre se esforzaba en caer bien a los niños y no olvidaba traer algún dulce o unas chocolatinas para ellos cuando volvía de sus zozobras legales en el pueblo. Era así que cada tarde, ambos bajaban a la cala donde descansaba sobre la arena la barca de madera que les había regalado su padre y sobre la que les había dejado pintar sus propios nombres. Allí se sentaban y aguardaban hasta ver aparecer por el sendero que lindaba con la playa la pintoresca imagen del párroco mientras regresaba del pueblo montado con su incómoda sotana en la moderna bicicleta que había alquilado. El padre Caetán aparecía sonriendo bobamente, los saludaba con grandes aspavientos mientras soltaba ambas manos del manillar y ponía cara de susto fingiendo que perdía el control. José se desternillaba. A Pedro, con el rostro impávido, le brillaban los ojos y retorcía el cuerpo con su extraña manera de reír. -¿Tu hermano no se ríe?- fingía enfado el párroco. –Ya sabes, No puede.-  Explicaba José. Y entonces el cura miraba a Pedro y le guiñaba un ojo. -¿No quieres sonreír, eh? ¡Eres un caballero excesivamente formal!  Tendremos que seguir haciendo payasadas hasta que lo consigamos.- Y apoyando la bicicleta sobre la barca, se sentaba al lado de los chicos y comenzaba a  contarles un chiste que nunca era el mismo que el del día anterior. Con frecuencia, si el tiempo acompañaba y el padre de los muchachos les daba el visto bueno, el bueno del cura ayudaba a los niños a introducir la barca en el agua y los tres hacían tiempo hasta la cena pescando en las frías aguas de la ensenada.
Debió ser por aquellos días, José no era capaz de precisarlo con exactitud, cuando la enfermedad de Pedro se agravó repentinamente. Una mañana, de manera súbita y sin otra manifestación aparente, se encontraron con que había dejado de hablar. Consiguieron, al principio, que contestase con leves movimientos de cabeza a las preguntas que le hacían. De esa manera pudieron saber que no sufría ningún tipo de dolor o sufrimiento físico. Simplemente había perdido la capacidad de expresarse verbalmente. José lo miraba  y se daba cuenta de que no se trataba sólo de eso. Su hermano había dejado de ser transparente para él. De la noche a la mañana había perdido la capacidad de intuir sus sentimientos. El Doctor Narváez, que fue avisado con urgencia, lo observó minuciosamente, palpó su cabeza y su nuca, examinó sus pupilas con detenimiento, y finalmente, con gesto preocupado, trató de hacerles entender que, a pesar de lo que les había asegurado en ocasiones anteriores, era infrecuente pero no imposible que una deficiencia neurológica focal como la que sufría el niño pudiese extenderse a otra zona del cerebro y derivar en problemas en el habla, la visión o la audición. Debían ser pacientes y estar vigilantes durante algún tiempo para ver la evolución de los síntomas y comprobar si se producía algún tipo de recuperación o si, por el contrario, alguna otra facultad se veía afectada. Insistió en que cualquier tipo de variación debía serle comunicada con carácter inmediato. En casa se decidió hacer turnos de manera que no quedase nunca desacompañado, y el padre Caetán se ofreció a hacerse cargo de él durante un par de horas por las mañanas, mientras José asistía a la escuela, de tal manera que los mayores pudieran dedicarse a sus tareas. Él, un hombre erudito, podía además aprovechar ese tiempo para explicarle las materias que estaban trabajando en la escuela y que, de esa manera, no perdiera más el ritmo de la clase. Aunque no podía hablar era evidente que sí podía oír y también prestar atención. Pero los días fueron transcurriendo, y todos se dieron cuenta de que la mejoría no llegaba y el muchacho se iba consumiendo a los pocos. José animó al Padre a sacarlo de casa. Hagamos algo.-le dijo. –Vayamos a pescar como hacíamos antes. Creo que no es más que tristeza.
La ventisca que en volandas se acercaba aquella tarde desde más allá del horizonte no la habían previsto ni los más experimentados marinos de la isla. La tarde se anunciaba tranquila cuando los dos gemelos y el párroco subieron las cañas y el resto de los aparejos a la barca de madera y la arrastraron con esfuerzo hacia las aguas de la ensenada. Nada hacía prever que aquel mar tranquilo y cristalino que mecía suavemente la pequeña embarcación pudiese llegar a convertirse de manera tan brusca y en tan breve espacio de tiempo en un abismo. Haciendo turnos, avanzaron remando despreocupadamente durante los pocos minutos que les llevó alcanzar el pecio en el que siempre habían probado suerte. El Padre Caetán y José de manera completamente consciente olvidaron los señuelos que habían echado al fondo del mar en el mismo momento en que se recostaron y comenzaron a rememorar viejos chistes que no mucho tiempo atrás habían hecho retorcerse de risa a Pedro. Pero era evidente que la mente del silencioso gemelo no estaba allí. Fue un duro y amargo latigazo de salitre en la garganta lo que anunció a José que algo gordo se avecinaba. Amarrándose a los bordes de la barca, consiguió incorporarse con dificultad y un ventarrón frío le golpeó la cara cortándole súbitamente la respiración. La lobreguez y desmesura que había adquirido el océano en tan poco tiempo le produjo escalofríos. La barca se balanceaba sin control. José, sin poder oír su propia voz, gritó al Padre que debían regresar inmediatamente. Éste, sin conseguir entender nada de lo que decía, trataba nerviosamente de recoger los aparejos del mar mientras José, estirado sobre la proa, se afanaba en elevar el rizón del fondo del océano. Hizo gestos a su hermano para que cogiese los remos y se preparase para bogar. Pedro por un momento pareció entender lo que se le decía y asió los maderos con fuerza. José levanto la cabeza y sonrió levemente al ver que su hermano le había entendido. Entonces un relámpago crispó el cielo y lo dejó ciego durante unos instantes.  Cuando recuperó la vista adivinó la figura de su hermano de pié sobre la barca y desesperado le gritó que se sentara. Pero no le hizo caso. Miraba al cielo con los ojos enrojecidos y respirando profundamente por la nariz. En su rostro le pareció intuir una insólita sonrisa. Entonces fijó sus inexpresivos ojos en los suyos durante un tiempo que no supo determinar e inmediatamente giró la cabeza para dejarlos caer sobre los del sacerdote. Repentinamente, José, comprendió lo que iba a suceder. Se incorporó de un brinco e intentó evitarlo, pero cuando consiguió levantarse y estirar los brazos hacia él, su hermano ya se había arrojado al agua de un salto desapareciendo instantáneamente entre la densa negrura de la marejada. Un trueno sobre sus cabezas desgarró en ese momento sus tímpanos.... José gritó con todas sus fuerzas el nombre de su hermano. Sus desgarrados lamentos sonaron una y otra vez entre la densa lluvia que caía sobre sus caras fundiéndose con las gruesas lágrimas que surgían desde la desesperación más profunda.
 
…
Habían pasado más de veinte años y, sin embargo, cuando lo vio a través de la malla del confesionario no tardó más de un par de segundos en darse cuenta de quién era. Intentó disimular el sobresalto que le causó su presencia y, simulando no haberlo reconocido, tartamudeó los latines con los que habitualmente invitaba a la confesión.  Pero del otro lado no le llegó más que un gélido silencio. No había nada que confesar desde aquel extremo. La quietud consumió sus nervios durante un par de minutos. Entonces pensó que quizás lo único que esperaba era que hablase él. Dudó un instante pero finalmente decidió abrir la boca.
Hace tiempo- dijo. -mucho tiempo...- Su voz sonó trémula en los ecos de la capilla. –Son demasiados años ya los que han pasado… Yo ya no soy más que un viejo ahora... Un viejo consumido y agotado… Tú, sin embargo, estás igual que siempre… Un hombre ya, pero igual que siempre…  –Del otro lado seguía sin llegar más que la temblorosa resonancia de sus propias palabras. – Entiendo por qué has venido… Imagino que habrás leído… Si, habrás leído… La iglesia no debió nunca meterse en política... Tú sabes que la prensa miente… van a por nosotros… -no conseguía enlazar adecuadamente las frases- Somos un blanco apetecible ahora… No es más que una campaña… Contra la iglesia… Contra todos nosotros… No debes creerles… Tú sabes que yo nunca haría nada…  Lo sabes…  Sabes que yo no sería capaz de hacerle daño a nadie… - Dejó de hablar durante unos segundos en los que juntó las manos y, acercando la frente contra ellas, pareció que iba a comenzar a rezar.- Yo no toqué a esos niños… Yo nunca he… -Interrumpió la frase sin levantar la cabeza y tragó saliva-  …Fue su enfermedad lo que lo enloqueció… yo no tuve nada que ver... Tú lo sabes… Lo sabes de sobra... Es verdad que lo sabes… fuimos buenos amigos entonces… ¿Recuerdas? ¿No recuerdas? Éramos buenos amigos…  fueron grandes tiempos aquellos... pasamos buenos momentos en la isla… ¿Recuerdas lo mucho que reíamos?- Entonces el sacerdote levantó la vista y buscó con esfuerzo su rostro en la penumbra. Mantuvo así la mirada, mudo, durante unos segundos que se le antojaron perpetuos. Y por más que se lo suplicó en silencio, José no quiso sonreír.





El síndrome de Moebius, también conocido como Secuencia de Moebius, ó Diplejia Facial Congénita, fue descrito a finales del siglo XIX por el médico alemán Paul Julius Moebius y consiste en la parálisis congénita, desde el nacimiento, de los músculos inervados por los nervios craneales VII (Facial) y VI (Oculomotor externo ó Abducens). En algunos casos, además de los nervios VII y VI, pueden verse afectados otros nervios craneales, siendo en estos casos los mas frecuentemente afectados los nervios hipogloso (XII), vago (X), estato-acústico (VIII) y glosofaríngeo (IX). Los pacientes con s. Moebius también pueden presentar malformaciones músculoesqueléticas como pies zambos (contractura congénita de pies), oligodactilia (Falta de desarrollo ó ausencia completa de dedos de manos y/ó pies), e hipoplasia del músculo pectoral mayor (anomalía de Poland).

La prevalencia del síndrome de Moebius en España, según el estudio realizado en el Hospital La Fe de Valencia, se sitúa en 1/500.000 habitantes, y la incidencia anual estaría en 1/115.000 nacidos vivos, por lo que se puede calcular que en España nacen cada año 3 ó 4 niños con síndrome de Moebius y podrían existir alrededor de un total de 200-220 personas con s. Moebius en toda España. Estas cifras hacen que el s. Moebius entre dentro de la categoría de las llamadas enfermedades raras ó poco frecuentes, un área que las autoridades sanitarias de la Comunidad Europea han considerado que precisa atención preferente. 
 


18 de noviembre de 2013

Todo Espinas






Anja Del'Or - Relatos y otras crisis.

 
TODO ESPINAS

¡Uf, por fin me siento! Joder, qué agotamiento. Menuda semanita… El Director General. Cuando el payaso de Portela me dijo que tenía que subir a su despacho creí que me estaba tomando el pelo. Pero mira, al menos, así estoy sentada un rato que ya me lo iba mereciendo. ¡Ah, qué descanso! Total, que qué me va a decir. Si es que me da igual lo que diga. Qué le den. Al Director General y a su puñetera madre. Que les den a todos. Aunque, eso sí, lo mínimo habernos llamado a las dos. Porque la cadena la paré yo, pero la culpa fue de ella. Como siempre. ¡Coño, revisa que las piezas entren limpias! Nada. Todo espinas. Se lo tengo dicho miles de veces a Portela y el idiota este digo yo que lo sabrá. Entre ellos hablarán... o sabe dios. Si ya la conoce todo el mundo, además. Pero claro, ella entró como entró. No sé para qué coño hay jefes. Bah, al final lo de siempre, los últimos monos pagando los platos rotos. La última mona. Pues como a ella no la hagan subir, monto un pollo. Este marrón no me lo como sola. Vamos. A estas alturas de la película…  Joder, cómo me duelen hoy las piernas… Y como no venga pronto este gilipollas… yo hoy no hago ni un minuto de más. ¿Hoy? Imposible. Cuando nos paguen las horas que nos deben que me llamen, ¿pero mientras? ni un minuto… ay, no puedo olvidar la tintorería antes del cole. Aunque, a lo mejor, después… espera, no, no, después nada. Se deben creer que somos todos funcionarios. Ya ves. A ver, la tintorería cierra a las ocho. Lo del profe es a las seis. Bah, pero si después quiero pasar por el súper… Nada, qué va, no me va a dar tiempo. Pues antes a ver… y lo del súper de hoy no pasa: yogures, fruta… ¡Leche! Imposible, tengo que ir al salir de aquí. Pero entonces no puedo pasar antes por casa. Joder, qué asco ir con esta peste a morralla. Mierda de fábrica. Al final no me va a quedar más remedio. Total, para lo que me va a decir el profe tampoco voy a ir oliendo a rosas. Que se joda y huela la mierda del pescado. Lo de la niña empieza a ser preocupante, sí. Pero, coño, hacemos lo que podemos. Y él lo sabe. Y la mierda de sicólogo que nos recomendó. Ya le vale. Irán a medias. Trescientos euros a la basura. Lo que yo digo: todos funcionarios. Nos venían ahora que ni pintados. Pues no, en la mierda del sicólogo… y sin factura. Y la verdad es que la nena está imposible. ¿Qué vamos a hacer con ella? ¿Qué voy a hacer YO con ella? Porque Marcos… ya ves. Ni que no fuera suya. Y eso que sale a su familia, más claro agua… Lo mismito que su hermano. Nada, como siempre me toca a mí apechugar. Es que a veces parece idiota, joder. Qué problema tendrá en acercarse él. Si le queda al lado. Y para lo que estará haciendo, además. No, pero él con lo de la niña, no. El señorito eso no. Es superior a él. Uf, y yo tengo que dejar de gritarle a la nena. No puedo perder los papeles de esa manera. Pero claro, si él pusiera un poco de mano dura. La de esta mañana buena fue. Menuda perra amarró. Es que cómo no le voy a gritar. Mira que se lo tengo dicho: ¡Por las mañanas no! ¡Diligencia! ¡Por las mañanas diligencia! ¡Que los mayores tenemos cosas que hacer! Pues nada, igual que siempre. Enviciada con la mierda de la maquinita. Pero se acabó. Como si no nos llegara con la que tiene montada en el cole. Y ahora, claro, el Nano también enganchado. No, pero con el Nano no vamos a cometer los mismos errores. En guante de seda pero mano dura. O como se diga. Y si Marcos no se implica me da lo mismo. Con gritarle a una me llega. Y con un sicólogo, vamos, lo que nos faltaba. Tirar el dinero con otro inútil. Al Nano no. Se le explican las cosas, pero sin gritos. Mano de acero, ¿no? Sí, eso era: mano de acero en guante de seda. Hala, ya se llevó el viento otra de las pancartas. Tanto trabajo para nada. Bueno, para que al final salven el culo los mamarrachos estos. Lo de siempre. Nos mojamos unos para que otros vivan con el culito bien seco. Porque éste mira tú… menudo despacho se gasta. Y la prensa abierta encima de la mesa. Si es que se desloman trabajando. ¡Uf, y a mí las piernas como me duelen! …pero del Nano vamos a hacer algo de provecho. Él está hecho de otra pasta. Tengo que dedicarle un poquito más de tiempo. Solo es eso. Un poquito más. Y de paciencia, claro. Él no es como la niña. Es más reflexivo. Pero con esta mierda de trabajo. Qué carajo. No tengo tiempo ni para mí… Y este hombre… ¿es que va a tenerme a aquí toda la mañana? No me jodas. Yo a las cinco y media recojo y si el lote no se termina pues que se arreglen los del siguiente turno. Aquí perdiendo el tiempo. Como una idiota. Me daban ganas de coger el periódico de su mesa y que me pillase leyéndolo cuando entrase. Le daba algo al imbécil. También Portela menudo elemento. A qué viene haberle dicho nada. Con la boquita cerrada más guapo habría estado. Y la noche de la cena más todavía. Aunque ahí no era él quien hablaba. Eran los gin-tonics. Anda que se entera Marcos y le parte la cara. Y él lo sabe. ¡Joder, que son amigos! Porque estaban allí todos si no se iba a enterar. No le monté la escena porque no está el horno para bollos. ¡Puñetero imbécil! Si tan enamorado estaba que me lo hubiera dicho entonces. Que le hubiese echado huevos. No ahora. ¿Ahora?, ¿casada con Marcos? Y con los nenes. Vamos, Portelita, sí. Aquí, además. Como si esto fuera Nueva York. Pero ¿qué se cree? ¿Que estamos en una película de Woody Allen? A este se le ha derretido el cerebro. ¿Qué si no me gustaba? Pues, sí. Claro que me gustabas, gilipollas. Me derretía por ti. Si me lo hubieras pedido me hubiese largado contigo a la Conchinchina. Pero la pregunta llega quince años tarde. Te hubieras bebido los gin-tonics entonces. Pero antes no bebías. No. Eras un deportista. De élite, no te jode. Menudo imbécil. No voy yo a otra cena de trabajo… vamos. ¡Se entera Marcos! Marcos. Ese. Otro con la sesera derretida. Dónde tiene la cabeza este hombre. Joder, la cosa está difícil para todo el mundo. Decirle que no al viejo. Lo que le ofrece no está mal. No del todo. Que iba a acabar loco. Que con su padre no puede. Claro, yo aquí vengo a bailar, no te jode. Me encanta a mí vivir oliendo así. Con esta peste. Que parezco una sardinilla. Joder, hay que sacrificarse un poco. El viejo lo iba a putear, claro, pero el mes que viene ¿qué? Como si pensara que no va a llegar el mes que viene. ¿No ve que se nos acaba su paro? Es que es la leche… Y a ver qué coño hacemos entonces. El mes que viene. Porque con lo mío vamos buenos. Lo mío y la pensión de mamá: La hipoteca y poco más. ¡Uf, yo voy a tener que poner unas medias de compresión! Yo no puedo con este dolor de piernas... Joder, ¿pero este tipo no llegará de una vez? Bueno, mientras esté aquí sentadita... Y otra… si no se gastara la pasta… Pero es que tiene narices. Yo porque ya no lo calculo. Prefiero mirar para otro lado. Mejor ni pensarlo. Pero, ¿cuánto se le va en tabaco? Del bar ya no digo nada. Porque supongo que Charles lo invitará muchas veces. ¿Pero el tabaco? Eso no se lo paga ni dios. Eso seguro. ¡Diez pitillos, dice! No se lo cree ni él. Diez ya se los ventiló por la mañana. Joder, y la nena sin zapatos. Pero dile tú algo. Se pone como una fiera. ¿Qué zapatos llevó hoy la niña, por cierto? Ah, los tenis beige. Tengo que pegarles la suela... No puedo olvidar lo de la tintorería... Y menos mal que con el Nano vamos arreglando con lo que nos da mi hermana. Que si no. Íbamos buenos si tuviéramos que comprar ropa para los dos. Ya te digo. Desnudos iban. Y porque voy apañando con lo que me va dando el viejo para los niños. Que se entera Marcos y me mata. A mí y al viejo. Nos mata a todos. Pero, cojones, haz algo de tu vida. Cómo quieres que salgamos adelante si te quedas ahí esperando que la vida te dé hostias por todos lados. ¡Espabila, coño! Y lo del bar que si es por no aguantar a mamá. Pues la mandamos a un asilo, compañero. Como nos sobra el dinero. El día que nos falte ella también a ver qué hacemos. Sin la pensión. Porque mucho no es, pero mamá tampoco supone ningún gasto. Para lo que come y lo que hace… Qué es un poco pesada… Qué no para de meterse en todo… ¡Es una vieja, coño! Al menos no hay que cambiarla ni cargar con ella. El día que se cague encima. Otro cantar. Pero ¿ahora? Como un pajarito. Cuando nos falte qué se yo. Haré un par de casas al salir de aquí. Tal como tengo las piernas… Lo que necesitaba. Ah, parece que ahora bajó un poco la inflamación. Estar sentada me viene bien… Pero este hombre, qué coño… Y digo yo que por la tontería esa con la inútil de Merceditas que me llame el Director General, manda narices. Que tampoco es para tanto. Perdimos un día. Ya. Por su culpa. Más tiempo perdemos con las decisiones del tonto de Portela. Porque la última que armó con los turnos… No me jodas. Eso pasa por poner ahí al único sin estudios. Que manda huevos. En cadena todos con carrera y el tonto del capirote: el jefe… eso sí, grandísimo ciclista. Gran mérito haber corrido en el equipo de la empresa. Así va el país. Después cuando vienen los problemas… ¿nos ponemos a pedalear? Vamos, no me jodas. El Portelita de las narices. Si es que te digo yo que sin jefes nos iría mejor. Joder, nos íbamos a arreglar de maravilla. Sin jefes y sin la zorra de la Merceditas. Todo orden y limpieza. Vamos, no me digas que no. Se jodían unos pocos… Pero saldría mucha más gente ganando. Si en los ERES se cepillaran a los jefes y no a los… ¡ JODER! Me cago hasta en la… no puede ser… pero claro… vamos, claro… si es que soy una idiota… ¡qué idiota!... es por el puto ERE… es por eso, claro… no me iba a llamar el puto Director General por la tontería del otro día… pero qué imbécil soy… no me lo puedo creer… claro, que es por eso… me han hecho subir para darme la papeleta y decirme que estoy fuera… serán cabrones… ¡serán hijos de puta!… no me lo puedo creer… joder, ¿y me la van a dar a mí y a la Merceditas no? No puedo creérmelo, no puede ser. La enchufada de los…  A que fue el imbécil del Portela… ¡Será capullo!… ¡mierda, mierda, mierda y mierda! ¿Por haberlo mandado a freír puñetas en la cena? No me lo puedo creer. Pero qué te juegas a que fue él. Sí, sí, claro. Estas cosas las deciden los mandos, no el Director General. Este ni nos conoce. ¡Yo alucino!. Y en personal… ¿para qué coño les pagan? Joder, ¿Ellos no dicen nada? Por antigüedad no me toca. Joder, y ahora que estábamos saliendo de la crisis. ¿O no? ¿O No nos decían que estuviéramos tranquilos? Que la cosa se había estabilizado. Vamos, joder, menudo momentazo para irse a la calle. ¿Y me lo van a decir así? ¿en serio? Me lo va a soltar el puto Director General a la cara. Si se creen que así me voy a achantar, van buenos. Estos no saben con quién están jugando. No, no. Joder, no puede ser. Y sin representante sindical ni leches. Bah, esos mejor que ni estén delante. Para lo que hacen. Hay que joderse. Hay que rejoderse con el puto ERE. Y este hombre, qué coño, me va a tener esperando aquí más tiempo… no, no, vamos. ¿Estará ahí dentro? Vamos, yo voy a llamarlo. A mí no me tiene aquí agonizando más tiempo. Comiéndome el coco. ¿Eso qué será? ¿El baño? Oiga, ¿hay alguien ahí? ¡Qué coño! No contesta nadie. ¡Oiga! Pues si está meando me da igual. Oig… Joder, ¿qué es eso?... ¿qué coño? ¡Hostias, unas piernas colgando! ¡Hostias! ¡Ayuda! ¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Que alguien me eche una mano!